LA PROFECÍA

 

 

Yadira Calvo Fajardo

Un buen día, la humanidad cayó en la cuenta de un principio elemental, de consecuencias no previstas, enunciado ya desde el siglo XIX por la pensadora española Emilia Pardo Bazán. Ella lo planteó así: " Con sólo recordar el sencillo e incontestable dato estadístico de que nosotras somos más de medio género humano, cuando afecte al destino general de la mujer, reviste importancia superior a la de cualquier otra cuestión, y superior en grado imposible de calcular, por falta de términos de comparación ".

Ese día, los varones poderosos por la pluma, por el cetro, por la toga o por el palio, o sencillamente por el falo, empezaron a considerar que si a la cantidad se le sumaban nuestras crecientes claridad y empeño, las exclusiones podrían tomar un camino inverso al que históricamente a ellos les había permitido asumirse como la parte beneficiaria de una mayor y mejor humanidad.

Antes de ese día, las mujeres y otros marginados levantábamos, a guisa de contraseña, principios que demostraban nuestra membresía en la especie. Algo así como boletos de entrada a los solemnes claustros del entendimiento y el poder. En ellos no se grababa sitio, fila o silla, sino inscripciones lapidarias que muchas veces suscitaban suspicacias y recelos: " Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos ", decía en este. " Y dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros, " decía en aquel. Así nos abríamos paso unas pocas veces unas cuantas de nosotras.

Muchos nos decían que ni palabras ni acciones ni derechos valían lo mismo según a quien se aplicaran, porque el valor de los bienes está predeterminado por la calidad de los intelectos; y la calidad de los intelectos está predeterminada por el azar del sexo; y el azar del sexo predetermina el valor de las personas. Según su principio, no hay medicina que no se corrompa y vicie, si el vaso en que se halla contenida contiene algún vicio o corrupción. Así pues, las mujeres pertenecen al sexo menos valioso, su "libertad", "igualdad", "dignidad", "razón" y "conciencia" deberían significar conceptos degradados en proporción al sujeto a que se atribuyen.

Entonces marcaron sus cartas para darle un rostro limpio al juego al juego sucio, y apelando a las prerrogativas de la autoridad que se atribuyeron, establecieron sus definiciones trampeadas:

La libertad, dijo Cervantes, " es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos "; " La libertad femenina -acotó Lugones- equivale a un reino, el reino del hogar, donde la mujer tiene como todo soberano, el deber constitucional de la residencia ".

" Toda dignidad del hombre consiste en el pensamiento ", dijo Pascal; " la dignidad de la mujer consiste en obedecer sin resistencia, " matizó León XIII. " La razón -dijo Séneca- es una parte del espíritu divino infundida en el cuerpo del hombre "; " El centro del alma femenina, por muy inteligente que sea la mujer, está ocupada por un poder irracional, " corrigió Ortega y Gasset. Estas eran sus ideas. Quiero decir las de Cervantes, Séneca y Pascal. En cuanto a las de los otros tres, como dijo Pardo Bazán a propósito de un parecido despropósito, llamarlas ideas es pecar de lisonjera.

Pero hombres así, con mentalidad de carceleros, fueron estableciendo las necesarias distinciones a fin de que los bienes morales se les quedaran todos en su propia mesa y hacer con ellos el banquete de la excelencia. Sólo que en medio de ese banquete alguna vez se les atragantaba un hueso. Y ese hueso era cierta vieja profesía que de tanto en tanto recordaban algunos como advertencia de no bajar la guardia. Su más antiguo texto lo enunció Catón, un legislador latino que había vivido entre los siglos tercero y segundo antes de nuestra era. Refiriéndose a las mujeres, manifestó: " En cuanto tengan la igualdad, se impondrán a nosotros ". Cien años después la volvió a recordar el historiador Tito Livio: " Cuando tengan la igualdad, las mujeres nos dominarán ". Otro siglo más y la recuerda el escritor Marcial advirtiendo que sólo si la mujer se somete al marido serán iguales marido y mujer. Y todavía diecisiete siglos después de Marcial, le inquieta a Rousseau quien manifiesta: " Dejarla superior a nosotros en las dotes peculiares de su sexo, y hacerla igual nuestra en todo lo demás, ¿qué otra cosa es trasladar a la mujer la primacía que la Naturaleza le da al marido?. " Con lo cual a la vez reconoció tácitamente la inexistencia de tal supremacía y comprobó el aserto de su colega Schopenhauer en el sentido de que todo absurdo echa flor de contradicción. Pero más importante que esto lo fue el reconocimiento encerrado en estas expresiones. En ellas se plantea la precaria situación de las prerrogativas masculinas y la temida sospecha de la superioridad de las mujeres, artificialmente inferiorizadas. Una carga de dinamita.

Un día, a Montesquieu, un sensato pensador francés que realmente sí pensaba, se le ocurrió, para salir de dudas, un planteamiento insólito: " Sometámoslas a prueba en los talentos que la educación no ha debilitado y veremos si somos nosotros los más fuertes ". Está de más decir que casi nadie le prestó atención entre los interesados, pero el tiempo, por cuenta propia, empezó a ofrecer pruebas. Las mujeres, cuya palabra se había venido descalificando lo suficiente como para que no contara, empezaron a ser oídas primero por otras mujeres, después por algunos hombres. Su palabra planteaba reclamos, exigía derechos, pedía cuentas, criticaba ideas y juzgaba a sus antiguos jueces. En fin, que hablaron. Y apelando a la razón, entre otras cosas propusieron ante los poderosos de la pluma, el cetro, la toga, el palio, o el simple falo, que aceptaran la humilde y sencilla sugerencia de Montesquieu. Al fin y al cabo la verdad, como el aceite, queda encima siempre.

Vencidos por la fuerza de las razones, y con muchas reticencias, no aceptaron pero toleraron, alguna vez con rechinar de dientes y clavarse de uñas, que las mujeres acudieran a los lugares donde según consenso se ponen a prueba los talentos. Así, nuestras abuelas cada vez en mayor número empezaron a empujar puertas de cátedras, de ateneos, de asambleas, de congresos, de empresas...a tumbar paredes y vallas, a romper grilletes, a ocupar sitios públicos, y sobre todo a corregir las viejas y viciadas definiciones. De este modo reivindicaron "para todos", el derecho a la libertad en el sentido cervantino, a la dignidad en el sentido pascaliano, a la razón en el sentido senequista... y así con todos los demás bienes morales.

El terror secreto que encerraba la profesía se disolvió cuando los hombres se dieron cuenta de que las mujeres no intentaban imponerse a ellos como creyó Catón, ni dominarlos como advirtió Livio, ni superarlos como pensó Marcial, ni adquirir la primacía como supuso Rousseau, ni valerse de aquella ligera superioridad numérica que sumada a la superación de la prueba montesquieuana, podía invertir la dirección de las exclusiones. Entonces empezaron a perder el miedo que durante tanto tiempo les había inspirado la palabra "igualdad"; más aún, bajo el hasta entonces nunca bien acallado susto de que en adelante las únicas iguales fueran las mujeres, la defendieron para "todos". Y todos estuvimos de acuerdo en la idea de que lo de " libres e iguales en dignidad y derechos " y " dotados de razón y conciencia ", nos define por igual en tanto miembros de la especie humana y nos obliga a comportarnos fraternalmente las unas con los otros y viceversa.

En realidad de lo que se trataba era de que cada persona ocupara la posición que por sus méritos personales le correspondía, sin que el sexo constituyera una variable en el reparto. Al ganar en entendimiento, los hombres perdieron, junto con las injustas prerrogativas, el miedo que les ocasionaba la sospecha de su propia inferioridad. Por eso hoy los viejos profetas de tipo Catón o Marcial o Livio o Rousseau, sólo nos hacen pensar que bien sabe la espina dónde se hinca. Libre al fin de la gravosa carga de las razones irracionales, estimulada por los beneficios del sentimiento, esperanzada por el poder de la intuición y la frater-sororidad, la humanidad ha aprendido a disfrutar del goce que significa apreciar el igual valor de lo diferente

Publicado en FACIO, Alda (editora). Declaración Universal de Derechos Humanos. Texto y comentarios inusuales . ILANUD, Programa Mujer, Justicia y Género, 2001, comentarios al artículo 1, pp. 49-53. Reproducido con autorización de la autora.